domingo, 17 de enero de 2010

Escribidores




Hablando de facetas del ocio propio y de compartir en silencio el ajeno, el escribir -ese hermanico activo y creativo como culo de mal asiento del leer- ocupa lugar encumbrado en buena parte de mis días y a veces hasta de mis noches.

Escribir siempre es y siempre lo ha sido oficio de imaginativos y de buenos contadores. Son solitarios enmascarados en la bulla ciudadana que tantean con su pluma o a través de cualquier teclado letrado los sueños inenarrables de los demás.

Escribir es el seudo-parir del macho; por eso, cuando es mujer la que escribe, su desdeñosa ventaja con respecto a nosotros se multiplica provocando cierto rechazo "visceral" ante tamaño descaro y atrevimiento.

Pero el escribir, además de haber estado desde siempre mal pagado, es oficio de pocos y bien contados.
El escritor, para disimular su desamparo y su invisibilidad en esta y en todas las sociedades en las que ha vivido a través de los tiempos, se viste de glamour y se rodea de fanfarrias a veces grotescas que anuncian su paso.

Quevedo tuvo que aparentar y vender su ingenio a la corte, mientras se escondía tras la pluma de ave al comprobar en el día a día madrileño, chulesco, atrevido e imperial, cómo la espada le daba la espalda en retos y confrontaciones de las que no salía muy bien parado.

Otros como nuestro genial Cervantes, tan genio y figura gracias a las espléndidas sepulturas con las que el pueblo entierra a sus ídolos para pasar páginas que jamás leerá, entretuvo la vida entre prisiones y desventuras imaginando el alma doble finamente equilibrada del español mientras recibía parabienes, pocos, y maldades, bastantes, de sus contemporáneos.

También los hay que se zambullen en las hojas blancas todavía sin mácula con el ánimo de auparse a la fama y saciar el hambre de gloria y de un buen estipendio... Antes de que lo hagan lápida muerta y lo empujen a entrar en la Historia sin haber comido jamás el verso torpe que exponen, ni bebido el drama bajo el cual se solapa su propia estupidez. También meto en el mismo tintero a esos otros que no pasan de la lectura color salmón de los diarios económicos, y que del libro sólo conocen el índice de ventas y el margen comercial que le dejan sus lectores.
Por todo ello,

Honor y gloria a todo aquel (aquellas también)
que se atreve a poner negro sobre blanco
sueños, historias y leyendas;
porque, está archicomprobado
que de la belleza no se come;
más bien se bebe entre eructos
y se folla mal y a disgusto.

Ellos, los escribidores y escribidoras,
no ponen los precios;
ponen la cara, en todo caso.
Es el muchas veces iletrado editor
quien come del escritor, usando como plato
ese engendro tan cariñosamente parido,
tan huérfano, que por no tener
no tiene ni derecho a la huelga
ni al descanso dominical.
Se llama libro,
ese invento tan maravilloso
de los que yo hago colección.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Por unos instantes me has recordado al cojo en tu oda a los "escribidores". También la forma de copa que forma ésta, como brindando por ellos. Je.
Horrido

Shlevs, Prince of Everything. dijo...

Je, je...Pues no me había dado cuenta del detalle de la copa, Luis.
Lo daré como un mérito más del articulillo.
Gracias por tu comentario, herr Manfred Albrecht Freiherr von Richthofen ;-)

Anónimo dijo...

Carcajada sonora y sonrisa pícara.
Luis "Horrido" Un abrazo

Shlevs, Prince of Everything. dijo...

Carcajada sonora: XDD
Sonrisa pícara: ;-)
Enga, aviador

Eria.. dijo...

Oigaaaa, que le ha quedado con mucho ritmo. Y me ha divertido.

Shlevs, Prince of Everything. dijo...

Pues sí, my friend, yo también me he divertido escribiendo en ese estilo ya tan caduco ;-)