domingo, 10 de abril de 2022

Last supper

Y en la última cena del ultimo día

en la que estaré con vosotros,

os declararé mi amor a todos

viéndoos así, vestidos

con vuestros mejores pecados,

esperando vuestras más abyectas traiciones.

Por todo eso me entrego y muero,

vino y pan encarnado,

para que soñéis ahora con el dulce eco

de lo que mi fiel amor

-más allá de ti, más allá de mí-

os tiene en rica mesa preparado.

 

 

 

viernes, 1 de abril de 2022

Adios

 


Me fui de ti y tú de mí,
y el aire respiró azules
sobre la mies futura de la vida,
y los campos se abrieron
desnudos sin pena ni llanto,
y un millar de cantos
alborozaron las horas
en la calma silente, sintiendo
el beso de su color nuevo
y sus millones de abrazos

domingo, 27 de marzo de 2022

(Poemario de los Mundos Perdidos)


 

                                                     Yo del agua soy su sed,
                                                     del aire su aliento,
                                                     de la tierra sus pies,
                                                     tea ardiente de su fuego.
                                                     De todo soy conciencia viva,
                                                     substancia, alimento.

miércoles, 23 de marzo de 2022

Cuando un hada se enamora de un mortal

 

Las relaciones de pareja con seres mitológicos suelen acarrear grandes desgracias, sobre todo para el mortal, incapaz de adaptarse a los tiempos de la eternidad, así como al temperamento y el carácter de las hembras sobrenaturales.

Los mitos nórdicos nos hablan de una extraña pero fascinante especie de hadas conocidas como Skogsfru, muy temidas en las tradiciones populares pero añoradas durante el romanticismo, quien vio en ellas un símbolo de las urgencias del amor y del deseo que consume a sus devotos.

Las Skogsfru tienen la apariencia de una hermosa mujer con largo cabello castaño recogido en una trenza. Este es el único atributo que comparten. Pueden, de hecho, cambiar su aspecto a voluntad, e incluso asumir formas tan fantásticas como aterradoras; salvo modificar la forma del cabello, que siempre se mantiene inalterable.

Las Skogsfru solían rondar especialmente por las zonas rurales. Algunas prefieren acechar a sus víctimas desde la familiaridad de sus bosques, protegidas por los árboles. Otras, en cambio, se aventuran en las aldeas y acechan a los hombres jóvenes mientras los mayores se encuentran trabajando el campo.

Normalmente las Skogsfru utilizan su belleza natural, o mejor dicho, exquisitamente antinatural, para subordinar a sus presas masculinas; y casi siempre lo consiguen sin mayores esfuerzos. No obstante, en ocasiones las cosas se complican horriblemente.

Al parecer, las Skogsfru encuentran irresistible la energía vital de ciertos hombres, y se alimentan de ella. A cambio, ellas ofrecen un encuentro amoroso incomparable, pero al mismo tiempo tan perturbador que el mortal, una vez vaciado de fuerzas y fluidos, es presa de una melancolía tan honda que normalmente lo conduce a la locura y al suicidio.

En algunos casos, por cierto, extraordinarios, las Skogsfru llegan a enamorarse sinceramente del hombre mortal; y no permiten que pierdan la cordura aún en los momentos más críticos de sus caricias blasfemas.

Estas relaciones entre un hada y un hombre mortal suelen culminar en un desencanto absoluto. Sin embargo, contrariamente a lo que ocurre en muchas historias de amor entre hadas y mortales de la Edad Media, las Skogsfru nunca secuestran al hombre para llevarlo a su reino encantado; en parte porque tal reino no existe, al menos para ellas, y en parte porque desean asumir los hábitos de la vida secular.

El problema radica en que las Skogsfru son hadas salvajes: viven a la intemperie, alimentándose de musgo e insectos, durmiendo en cuevas o viejos árboles roídos por el tiempo, y casi siempre se sienten incómodas en el calor del hogar humano.

No importa cuánto amen a sus varones mortales, tarde o temprano las Skogsfru siempre regresan a la humedad de los bosques. El hombre abandonado nunca se recuperará de la pérdida.

Se dice que quien ha besado a una hada ya no deseará otros labios, ni tendrá pensamiento alguno que no incluya aquello que ha extraviado. Poco a poco irá perdiendo el apetito; su porte se volverá decrépito, raquítico, su piel se secará sobre los huesos hasta que el corazón, ya exhausto, invite al espíritu a desalojar el cuerpo.

Algunos explican este final trágico como una consecuencia lógica de aventurarse en los brazos de un hada; aunque rara vez se aclara si este estado deplorable es un tributo justo para un amor semejante.

En cierta forma, perder un gran amor es como asistir al funeral de uno mismo. Una parte nuestra se ha ido, pero su ausencia a menudo reclama un largo tributo de nostalgia, de dolor, de íntima sabiduría. Si regresa será una fantasmagoría, una aparición fatua que nos recuerda vagamente al original; y nosotros, apenas un otro que insiste en repetir la teatralidad de los espejos.


sábado, 22 de enero de 2022

Horfandad

 


Hoy más que nunca necesitamos quijotes que en su "locura" nos guíen por este mundo de tinieblas que atravesamos hoy en día. 
Quizá ya no queden quijotes; tal vez porque tampoco van quedando dulcineas que inspiren y armen a tanto caballero desolado por tantos gañanes, ganapanes y bribones violando los espacios sagrados, reservados antiguamente a la decencia, a la inteligencia, a la justicia, a la ecuanimidad y a la generosidad. 
No, quizá ya no queden tampoco damas en las alcobas de Palacio, ni caballeros que salgan al mundo a desfacer entuertos y luchar contra gigantes y malhechores por el honor y el amor de Dulcinea.
Porque son gigantes malvados, Sancho amigo, son gigantes, aunque tú sólo veas simples molinos de viento.

jueves, 18 de noviembre de 2021

No borders for Love

Esta mañana la vida me ha hecho partícipe de un suceso de esos que te ponen pensativas las neuronas, cosa que aunque debería parecernos normal en nosotros, seres racionales, no lo es siempre, o al menos no con la frecuencia deseada.
Venía yo de mi retiro lector por la carretera, cuando me encuentro casi en medio de la calzada a dos bultos que, luego que me fui acercando, vi que eran dos perdices.
De todos es sabido que las perdices son aves sumamente asustadizas, que con nada que huelan y perciban la presencia humana echan a volar con su ruidoso batir de alas; eso es lo que creí que harían conforme me iba aproximando a ellas, pero no. 

Aminoré la marcha con el ánimo de no asustarlas, que uno no sólo respeta a las aves, esos prodigios naturales que desafían la tiránica ley de la gravedad alzándose sobre el suelo, sino que también las admira; quizá sea por eso mismo, porque con su vuelo vencen la condena de nuestra esclavo avanzar pasico a pasico, mientras ellas desprecian todo muro o frontera que tanto nos separa y nos limita el movimiento.
Así que lentamente paso por su lado mientras ellas avanzan a pata, nunca mejor dicho, hasta cruzar la carretera, la una delante, como indicándole el camino a la otra, con paciencia y con valor y poniendo su vida en riesgo, ya que mi coche apenas distaba unos escasos dos metros de la pareja.
Me doy entonces cuenta de que la perdiz que caminaba a unos centímetros detrás de su guía, como que le costaba cierto esfuerzo seguirla; se le notaba enferma, disminuida en sus energías, y que a duras penas podía seguir a su compañera...o compañero, vaya usted a saber...
Y entonces comprendí que la generosidad, el irracional amor, el cuidado de tus semejantes, no es unicamente privativo de los humanos, sino que también anida en el corazoncico tamaño piñón de aquellas dos avezuelas, que con toda parsimonia y esfuerzo, se ayudaban la una a la otra a seguir respirando vida a pesar de que los cañones de las escopetas de los cazadores, con la veda abierta, escupían pólvora, plomo y muerte por los montes aledaños.
 

viernes, 22 de octubre de 2021

En el otoño (homenaje a un amigo)

Nada más lejos de mi ánimo el dar lecciones, de nada ni a nadie y menos a ti, mi querido profesor de «mi peripatética facultad de letras y artes cinematográficas»; porque si de «aquella maniera» me siento universitario es gracias a las clases magistrales que me impartirste, paseo arriba, paseo abajo, mientras mirábamos con lujuria confesa aquellos rostros, aquellos culos y tetas que soñábamos saborear/sobar algún día, como así fue.

Qué bien se estaba entonces descubriendo los arcanos secretos de nuestra por aquel entonces breve existencia observando el pasar de la vida en flor, nosotros, jóvenes abejitas deseosas de hurgar y horadar y polinizar aquellas carnes tan prietas y vivas, mientras que por el aire circulaban como polen recién llovido semillas de Sartre, Cioran, Kafka, Hauser, Ford y El Capitán Trueno...La sabiduría encarnada en el deseo pecaminoso (Iglesia dixit...á la mérde!), o al menos no ajena sino más bien buena compañera del trasiego hormonal que experimentábamos.

Todo ardía en nuestros cuerpos casi vírgenes (o sin casi, depende de cómo y por dónde lo miremos), nosotros, inmortales, con la curiosidad rebullente y recién estrenada prestos a embarcar en la aventura de las aventuras, la de descubrir qué coño es Esto, que cojones soy Yo y dónde está el loco Dios que mueve, sordo y mudo, los hilos de mi escasa fortuna y mis abundantes desventuras.

Qué gozo entonces sentirnos vivos, con la memoria poco menos que vacía de mentiras y con el carcaj lleno de las flechas del amor. Qué vida aquella la de nuestra juventud a escasos años de nuestra cumplida mayoría de edad. Ahora, ahítos de desengaños y errores sin cuenta ni cuentos, vagamos por los recovecos de la memoria escuchando voces ya idas e imágenes de un tiempo en donde todo era novedad, días y horas recién estrenados, «descubriendo la pólvora» y dispuestos a usarla si fuera menester.

Ya ves que el otoño, el otoño del patriarca, me afecta, me inunda y me sobrepasa. Dicen que la nostalgia es como morir un poco; si así es, yo ya huelo sospechosamente a muerto por los intersticios de esta mi alma que algunos días y a ciertas horas, muere porque no muere.