cuando nos sumergimos en el atardecer
y aceptamos con gratitud el día ya ido,
abriéndonos esperanzados
siendo magnánimos en el duelo
de lo esperado y que no vino,
del «quizás mañana» sea,

Taller del arte visual y escrito

Ayer volví a visionar Far from the madding crowd (lejos del mundanal ruido). Contemplar a la Christie en toda su esplendorosa madurez, no tiene precio...
Pues por donde la foto que acompaña este texto anduve yo esta mañana, lejos del Sánchez y de su cohorte bien comida, de la derecha bipartita y de la izquierda progre y discapacitada, con mi poeta de cabecera Don Antonio Machado, haciendo caminos en la reseca mar de tierra y piedras castellana; inmóvil océano de olas ocres y solitarias por donde surfean el lagarto y la liebre, árido escenario despoblado de barcos y marineros, aquellos que haciendo surcos en el suelo daban de comer a todo el mundo.
En la foto, uno de esos caseríos abandonados, barcos sin vela ni gobernalle ya varados en su propia memoria, olvidados, mudos con sus chimeneas sin humo ni uso y sus escasas ventanas que ya no alumbran el hueco negro de la noche ni por las que nadie mira, o sueña que mira o espera invitado alguno... Muros que ya no abrigan a nadie, meros recuerdos de lajas y arcilla al albur de la intemperie, a merced de las olas del tiempo, imagen prístina en lo que este caminante devendrá cuando las manecillas de mi reló señalen la hora del olvido, el momento del regreso a casa.
- ¿Está Bartolo?
Ni aldaba, ni timbre, ni pestillo que asegurase la puerta, adentro se oía la voz de su «mamítami» que invitaba a pasar; porque Bartolo estaba, como todos los días de aquellos veranos venturosos, esperando a la peña para salir a jugar a los juegos creados por nuestra fértil y casi recién estrenada imaginación.
He dejado pasar unos días esperando que los ecos elogiosos y elegíacos se apagasen de tanta gente que tanto te quiso y respetó, para aventurarme a ponerte por aquí unas letricas y bucear en los gruesos retazos que de ti guardo en mi memoria, episodios vitales vividos por mí junto al que fue más que un amigo, mi iniciador en la lectura, en el cine, el de las charlas académicas -paseo arriba/paseo abajo y vueltas y más vueltas- que me hicieron universitario sin haber pisado la Facultad, mi psicólogo y confidente cuando la vida se me puso muy cuesta arriba, mi hermano de lo vivido y dicho (tanto hablamos, de todo lo humano y divino y más allá..) aunque nos parieron madres distintas.
Me he quedado muy solo, Bartolo, mudo y sin saber a quién remitir la palabra sustantiva y calificativa con la que coincidíamos casi siempre cuando conversábamos sobre cualquier asunto al que nuestra curiosidad nos empujaba, sin la escucha atenta que tantas veces me prestabas y los sabios consejos que me regalabas. A ver dónde derramo yo ahora mi inquieta y a veces (así me lo decías) romántica forma de ver la vida y sus gentes, mis aventuras literarias, mis impresiones cinematográficas, nuestra biografía de juegos, celebraciones y penas...
Ayer me acordé de Manolo (¡cómo le queríamos!) mientras paseaba por la Atalaya; me vino el recuerdo de aquellas maldiciones que gritábamos contra todo y contra todos desde la cumbre airosa en la que tiene su hogar la patrona ciezana. Sin voto ni tendencia reconocida, no adscritos a corriente alguna ni a personaje ya fuere humano o divino, nos desahogábamos «a grito pelao» llenando el aire de nuestro natural inconformismo y en cierto modo revolucionario....En esta sociedad de hoy en día, basta con dudar de todo para serlo, ¿verdad?
Ahora ya sois dos; a ver si desde el Cielo y alzando el grito en compañía de algunos ángeles de nuestra cuerda y nuestro común sentir, rompéis la negritud (tú añadirías la vulgaridad) de estos tiempos que pretenden acabar con todo lo bueno, bello y justo del mundo que ambos conocisteis y que yo compartí con vosotros. Y si dos sois pocos, hacedme un hueco en el coro que uno, sin prisas pero sin pausas, ya mira horizontes aún lejanos, quizá, pero ciertos, añorando vuestra compañía.
- ¿Está Bartolo?
La Antonia, la «mamítami», contesta con su voz clara a pesar de la distancia:
-¡Pasa, Pedro Luis!
Nos separa el tiempo, pero tu reloj está ahora parado y el mío corre ya que se las pira. Espérame, hermano, que nos quedaron muchas cosas de que hablar. Terminaremos por arreglar el mundo, ya verás.
Luego llegas de vuelta al hogar, cansaíco, atorao de calor y bañaíco en sudor, te duchas, te vistes, te pones desodorante bajo los sobacos, te peinas si aún tienes pelos en la azotea e inmediatamente te sientas en tu rincón preferido de tu casa y te abres una birra bien fresquita.Escancias en un vaso el rubio licor bigoteado de espuma (un dedo, no más), das el primer sorbo con los ojicos cerraos de gusto y rezas una simple y sincera oración: Gracias, muchas gracias.
Se había despertado en plena madrugada y sintió que el sueño había huido del lecho, así que sin saber qué hacer a aquella hora intempestiva de la noche, se sentó en la cama mientras contemplaba en silencio los cientos de ventanas de los edificios que tenía enfrente.
Muchas de aquellas ventanas estaban iluminadas, lo que le hizo pensar que posiblemente tal como a ella le había ocurrido, el insomnio les había sorprendido en mitad de la noche despabilando a gentes que no teniendo otra cosa que hacer ante la imposibilidad de volver a conciliar el sueño, se hallaban ahora como ella sentados en sus lechos contemplando la multitud de luces de las otras ventanas de los edificios cercanos.
Una rara sensación de irrealidad le llenó por unos instantes.. «Nos vigilamos, yo a ti y tú a mí; somos testigos en vela del momento; aquí estamos, tú, yo y todos, esperando volver a sumirnos en la inconsciencia, esperando que el dios del sueño acuda a nuestra alcoba y nos meza en sus brazos...»
Los habitantes de aquella bizarra colectividad nocturna se observaban sin ser vistos desde la distancia amparados en la oscuridad que resguardaba su absoluto anonimato, pensando los unos en los otros, imaginándose formas, figuras, rostros, intentando adivinar qué pensamientos, sentimientos o emociones adornaban su desvelo.
«¿Cómo me piensas, qué forma me das?». Su mirada recorría las ventanas con luz y un misterioso halo de descubrimiento se abría poco a poco en su interior. «Tú eres el Otro y yo lo soy para ti, el desconocido, la desconocida, tan lejos tú de mí y yo de ti, y sin embargo tan cerca, ¿verdad?»
Muy probablemente a muchos de ellos y ellas se los había cruzado cada día por la calle, en los pasos de peatones, en el super, en la peluquería, pero nunca se había detenido a hablarles, a dedicarles un «buenos días o buenas tardes o noches»; eran personajes anónimos que conformaban su paisaje urbano diario pero a los que casi nunca les había prestado un mínimo de atención, actitud mutua que todos compartían entre todos a todas horas, todos los días...
Pero ahí estaban, todos ellos, yo con ellos y ellos conmigo, sin tener conocimiento de que nuestros ojos, los míos y los suyos, escudriñaban al vecino y quizá entonces todos, ellos y yo, estábamos dedicándonos por vez primera a descubrirnos, a saber que «ahí afuera» hay gentes huérfanas por una noche del sueño que nos descansa, nos oculta, nos evade, nos refugia y nos entrena para eso que algunos califican como El Gran Silencio.
Por eso le sorprendió cuando de pronto y desde el silencio de aquella hora en la que extrañamente la vigilia había apartado al sueño, se vio a sí misma hablándoles a todos ellos con palabras que le surgían desde muy dentro.
Sus labios apenas se movían y las palabras salían de su boca como por ensalmo, suavemente, mezcladas con silencios dulces que en algún lugar muy dentro de ella, un lugar muy suyo y desconocido hasta ese momento, algo muy íntimo de cuya existencia nunca antes había sospechado siquiera estaba deleitándose de aquel íntimo discurso con un placer cercano al éxtasis que la inundaba hasta las lagrimas.
Eran palabras nacidas de un amor extraño del que jamás antes fue consciente, que pretendía llegar a todos aquellos que envueltos en la luz tenue de la madrugada y sentados en sus lechos, despiertos, estaban viviendo y compartiendo el singular hecho de estar comunicados por un mismo sentimiento a través del aire insomne que recorría la noche.
Una sensación de intimidad, de pertenencia, de vidas compartidas en definitiva se instaló en su pecho y el corazón respondió con latidos más acelerados y profundos.
El amanecer abrió sus puertas a un nuevo día y Elsa salió a la calle como todos los días a desayunar en el bar de la esquina, al trabajo, al trajín diario al que malamente estaba acostumbrada.
Pero ya todo no era igual.
Alguien pasó por su lado, lo miró fijamente a los ojos y le estampó un sonoro «buenos días». Quizá he sido un poco brusca, se dijo. Al instante, una amplia sonrisa se dibujó en su boca. Un primer paso, se dijo, un escalón subido. Seguro que quedaban más, muchos más, pero empezar a subir es ya un poco como haber alcanzado la cumbre, se dijo.