miércoles, 12 de octubre de 2011

Mater amantissima



Me acerqué a la orilla del mar empujado por la pena,
no sé si nueva o antigua, sólida sangre
que se pasea por mis venas desde que me nacieron,
dudando si era fuego o ceniza lo que brotaba de mi pecho,
increyente, de la mano de la fe de mis padres,
buscando un bálsamo para todo aquello que me hiere y me aqueja.
Me senté cerca de donde sus olas se mecen en el tiempo
y la mar me vio, y entre un rumor de cristales
que reflejaban mi ser más antiguo y cierto, me dijo:

Calla, hombre, y escucha.
Todo lo que fue, es y será, pasará,
sean tus heridas o tus gozos.
Si ya fueron, no están ya; si han de venir,
tú ya no serás el mismo que a mis pies
en esta hora pregunta y pide cura;
no tienes por qué temer lo que no es.
El cielo permanecerá incólume sobre ti
y la tierra morará a tus pies, siempre.
Yo estaré aquí, día tras día,
añorando el nombre que salió de mi vientre, tú,
sombra de mi sombra que en mi conciencia
se me hace barro, canto rodado,
sopla el céfiro y se me escapa.
Aquí permaneceré acunando tus ausencias,
guareciendo tu necesidad creciente de mí,
dándote la palabra, siendo tu apoyo de agua y tu guía.

Pero recuerda,
yo soy el misterio que transciende tu agobio y tu risa.
Mi cólera es tan obscena como profunda es mi alegría.
Mi hambre y mi sed son inabarcables
y llevo en mis entrañas el secreto de todas las almas.
Yo soy el epílogo de todos los finales inacabados
y el prólogo de todas las primaveras.

Pero escucha, hijo,
no temas a las mareas ni a las corrientes de la vida
cuando estés abrumado por su turbadora fuerza;
porque aunque todo lo di sin saber que daba,
yo soy la madre, la imposible plenitud de tu vacío,
la hacedora de la sombra y del estío; soy eterna.
Parí todas las mañanas que fueron
y de mi saldrán como oscuros juncos todas las noches venideras.

Soy la memoria tuya
y de todas las cosas que nacen y persisten
sobre esa tierra sobre la que hoy te asientas.
Soy celosa de todo lo que partió de mí, y soy justa.
Así que no temas a la voz que te trae hiel
ni al negro rumor del llanto entre las azucenas;
porque tal como espero impaciente el día en que a mí retornes,
también las espero a ellas.

2 comentarios:

MiSiVi dijo...

HERMOSO MUY HERMOSO POEMA///

Pedroluis Almela Valchs dijo...

Gracias por tu amable atención, amiga.