jueves, 8 de enero de 2009

Hécate y Hefesto


Hécate es la luna que luce debilmente detrás de las nubes que se deslizan por el cielo, cuya presencia intuimos en los ruidos inquietantes de la noche.
Con su siniestra antorcha, constituye en muchos momentos lo único que alcanzamos a ver, por lo que conviene tomar buena nota de los sueños angustiosos y la ansiedad nocturna que a menudo experimentamos.
Hécate se siente agusto en la oscuridad y el vacío; sin embargo, lo que nos ofrece es nada menos que la esfera profunda y espiritual del alma, la esencia invisible, inmutable.
Este trabajo realizado en la "cara oculta de la vida" es similar al que nos relata el mito de Hefesto -Vulcano en la mitología romana-, el herrero de los dioses. En el neblinoso espacio interior de la forja, la vida se calienta hasta alcanzar el rojo vivo, y es batida para introducirla en el alma. El yunque es el altar, porque el trabajo agotador que se lleva a cabo en ese lugar es espiritual, una alquimia a través de la cual se moldean las materias primas de la vida.
Según la fábula mitológica, Hécate y Hefesto eran amantes; esta dualidad mitológica nos sugiere por lo tanto que la profunda oscuridad emocional y la forja del alma, La Diosa Lunar y El Herrero Divino, están conectados y se solapan.
Todo ello lo quiero imaginar en un hermoso poema del poeta irlandés Seamus Heaney que lleva el oportuno título de "Puerta de acceso a la oscuridad".
El poema se llama "La forja", que me hace pensar en la alquimia de Hécate y de Hefesto dentro de mi universo. Lo citaré entero para expresar lo que suele ocurrir durante los momentos de crudo desencanto que a veces nos atraviesan.

Sólo conozco una puerta de acceso a la oscuridad.
Afuera, viejos ejes y argollas de hierro se oxidan;
dentro, el ruido sordo del martillo sobre el yunque,
el imprevisible abanico de chispas
o el silbido cuando otra herradura se endurece en el agua.

El yunque debe estar en el centro,
dotado de un cuerno como un unicornio,
con un extremo cuadrado, inamovible,
un altar ante el cual el herrero
se esfuerza en dar forma y producir música.

A veces asoma la cabeza por la puerta,
luciendo un mandil de cuero
con el pelo cayéndole sobre la nariz,
y recuerda el estrépito de los cascos de los caballos
y el tráfico que circula en hileras;
luego gruñe, entra y cierra rapidamente de un portazo
para seguir batiendo el hierro y utilizar el fuelle.

4 comentarios:

angel almela dijo...

¡Cómo te explicas!... Me ha gustado mucho.
SOMOS EL TIEMPO
Somos el tiempo

Shlevs, Prince of Everything. dijo...

Con los años y las penas maduramos, y en ese proceso es conveniente "enamorarse" de la Diosa Lunar, altar preciso y precioso -nadie lo diría a primera vista- de todo aquello que consideramos "basura" en nuestras vidas.
Lo contrario, hermanico, es dejar que el ego se atribuya "la mierda" y atente contra la vida misma.
Por eso -¡qué remedio!- amo a a Hécate.

MANDALAS POEMAS dijo...

Hermoso. Un año nuevo lleno de muchas bendiciones para ti.

Un abrazo,


Víctor

Eria.. dijo...

Pues lo cierto es que no sabía de esta leyenda... Hécate, me ha gustado saber el sentido de tu nombre.
Besitos varios.